3290114623_b3c1458cda_b.jpgSer educador es, en ocasiones, comparado con ser un médico. Este especialista, como todos sabemos, se dedica a curar, a sanar las enfermedades que padecemos las personas. Todos hemos tenido que ir al médico en alguna ocasión, y en todas ellas el protocolo empieza siempre de la misma forma.
En el trabajo del facultativo, la entrevista al enfermo es la primera pieza del puzle. Conocer cómo experimenta los síntomas es algo esencial para empezar a hacerse una idea inicial de la situación.
Posteriormente, el médico realiza una exploración utilizando diversos medios y en la que va recogiendo diferentes datos que posibilitan hacerse una idea concreta de cuál es la dolencia, el origen y la posible solución que se presentará en la parte final de la entrevista con nuestro médico.
Quizás el paralelismo de nuestra profesión con la medicina resulta mucho más evidente en este ejemplo comentado. Llevado ese ejemplo a nuestro campo, podría decirse que existe una evaluación inicial, una actuación docente y una evaluación que conforma un feedback del resultado producido por las diferentes actividades propuestas sobre el alumnado.
La medicina ha llevado este tipo de actuaciones a nivel general, en los estudios de las  diferentes dolencias y enfermedades, problemas neuronales, etc. que se estudian continuamente: Alzheimer, Parkinson, autismo… intentando saber cómo funciona para desarrollar actuaciones que mejoren la vida de las personas.
Parémonos un momento a pensar si las actuaciones que realizamos en educación a nivel personal que comentamos más arriba tienen lugar en el ámbito educativo a nivel general.
Ciertamente se producen muchas investigaciones en torno a la educación, sobre todo las realizadas por profesionales universitarios que estudian cómo se produce el aprendizaje, los elementos neurológicos que afectan a nuestra forma de aprender y relacionarnos, las diferentes inteligencias que conforman nuestro saber ser y saber actuar pero…
¿Realmente son tenidas en cuenta en la vida real? ¿Realmente se producen modificaciones en los currículos, en la propia filosofía de la educación? ¿Aparece alguna referencia en las leyes educativas o en su devenir?
¿No sería éste el primer paso esencial para saber cómo aprende el alumnado para poder diseñar una forma de enseñar efectiva? ¿Acaso la medicina empieza por administrar fármacos a nivel masivo en una pandemia antes de evaluar cuál es el problema real y cómo abordarlo?
Las piezas iniciales del puzle siempre han sido las mismas, empecemos por ellas para poder llegar a comprender cómo se produce el aprendizaje y llevarlo al día a día del aula.
Toda esta filosofía inicial que puede parecer superflua para algunas personas, es elemental para abordar nuestra tarea. Y esto no está sucediendo porque históricamente se ha puesto el énfasis en la labor del docente, por ello se han cargado más las tintas sobre el proceso de enseñanza y no sobre el aprendizaje, o por lo menos así lo percibo que ha sido decidido por el sistema.
Centralizar sobre el alumnado es enfocar el problema sobre la capacidad de aprender de las personas, y esa es la pieza clave del puzle. La primera pieza que debemos colocar en el tablero.